Las palabras de Max Verstappen consiguieron empañar una carrera en la que, inicialmente, parecía que iba a conseguir resultados inolvidables

Nadie pone en duda el nivel de la jovencísima pareja de la escudería Toro Rosso. Ambos pilotos demostraron en su primera temporada de Fórmula 1 tener el talento y la agresividad propias de un ganador. Precisamente por el nivel de ambos era inevitable que las primeras chispas saltasen. Y así sucedió en alguna ocasión el año pasado.
Aparentemente, esas chispas habían quedado atrás, pero nada más lejos de la realidad. Lo cierto es que ambos aspiran a un asiento en un equipo más importante, y por eso cada carrera es ahora fundamental. Quedar por delante de su compañero se convierte en un papel primordial en cada Gran Premio; y tras Australia, el piloto madrileño le lleva la delantera al holandés en este terreno.
No se puede negar que el apodado “el nuevo Senna” ha conseguido sorprender en casi cada carrera, incluyendo la del pasado Domingo. Pero el nivel de cada piloto se demuestra en pista, y él, fue perdiendo credibilidad según la carrera iba avanzando.
Los constantes mensajes de radio mientras perseguía a su compañero (“Esto debe ser una jodida broma”), unido al intento de que el equipo le facilitase su trabajo, consiguió dar la impresión de un niño caprichoso esperando recibir su regalo de cumpleaños.
Es entendible que, en el fulgor de la carrera, algunas palabras malsonantes sean inevitables. Es entendible que verte superado por tu rival más directo no sea plato de buen gusto. El problema comienza cuando el ego del holandés va más allá de la pista.
“Debería estar kilómetros por delante (de Carlos). Siento que tengo todo bajo control. No siento su presión” declaraba Verstappen tras su cabreo inicial.
Lo cierto es que después de un fallo del equipo, su carrera se vio truncada, y eso es suficiente motivo para frustrar el ánimo de cualquier piloto. Pero también es innegable que cuando tienes una superioridad de tantos kilómetros como de la que él presume, debería haber conseguido pasarle. Pero eso no sucedió. Frente a un esperado adelantamiento que habría dado mucho de que hablar, Max se limitó a quejarse por radio, a la espera de que el equipo le hiciese el trabajo un poco más fácil. Ante la negativa, se dedicó a “llorar” durante el resto del Gran Premio, y a alimentar su ego tras el mismo, presumiendo del supuesto respeto de otros pilotos hacia él. Ego que debía reforzar tras la carrera, pues durante su transcurso había sido mermado: se vio superado por el español, al que no consiguió adelantar; y por la presión que dice no sentir. Al cometer fallos que confesaban su nerviosismo.
Pero ni el ego, ni los lloriqueos, ni las órdenes de equipo sirven para llegar donde ambos pilotos de Toro Rosso aspiran a llegar.
El nivel de conducción se demuestra en pista, haciendo méritos propios para adelantar a los que te impiden el paso y parecen ser más lentos que tú. El talento se prueba siendo constante en cada Gran Premio, superando las dificultades que entraña este deporte.
Fuera de pista sólo queda mantener una competitividad sana y una buena actuación ante los medios para facilitar la relación dentro de la escudería. Asignatura que, parece, a Max Verstappen le quedó pendiente. Al fin y al cabo, las palabras se las lleva el viento, y lo que perduran son las acciones; los resultados obtenidos en pista.
@Paula_lovesmile
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