lunes, 7 de julio de 2014

Cuando Brasil molaba





No siempre fue la selección brasileña sinónimo de bronca, quejas, juego rudo y tedio. De hecho, dos de los nombres más relevantes de su historia son los de Pelé y Garrincha, jugadores que enarbolaron siempre la bandera del espectáculo. Hubo una época en la que todo el mundo quería ser como ellos. La gente les apoyaba si su equipo quedaba fuera de las grandes competiciones y había un deseo generalizado de que ganaran.




Incluso en tiempos más contemporáneos como los noventa, época en la cual transcurrió mi infancia, todos los niños soñábamos con ser Rivaldo o Ronaldo y les pedíamos a nuestros padres la camiseta verdeamarelha. Y, todo ello, a pesar de que el Mundial que les alumbró de nuevo, el de 1994, destacó más por un trivote granítico que por un juego sedoso. Pese a que aquel equipo contaba con Romario y Bebeto, su articulación más destacada en el campo estaba un poco más atrás, en la sala de máquinas. Sin duda, a aquel combinado lo encarnaban mejor que nadie Mauro Silva, Dunga y Mazinho.


Una apuesta por la contención que vino como consecuencia de Italia '90, donde Brasil acudió con una plantilla repleta de talento, pero incapaz de superar los octavos de final, donde fue apeada por la Argentina de Maradona y Caniggia. Tras haber bailado a los de Bilardo en la primera parte, los brasileños cayeron víctimas de una jugada de esas que están en el libro de estilo de El Pelusa, que con el cuero cosido al pie deshilachó a la defensa canarinha. El balón le cayó después al Pájaro, que ajustició como solía acostumbrar. 1-0 y para casa. Ese fue el toque de queda definitivo. Entonces, los suramericanos tenían tres estrellas en la camiseta, es decir, las mismas que Italia o Alemania. De hecho, los teutones se proclamarían campeones en aquella cita en el país de la bota.

Además, en la retina del aficionado todavía daba coletazos la selección que Telé Santana dirigió en el Mundial de España. Un equipo que vomitaba talento y al cual la magia y el fútbol se le caían de los bolsillos. El problema, también en aquella ocasión, fue el debe competitivo. El partido contra Italia en Sarrià el 5 de julio de 1982 fue el funeral de uno de los equipos más vistoso que haya pasado por una Copa del Mundo. Un campeón sin corona, como lo fueron Hungría en el '54 u Holanda en los setenta. Y aunque la Historia recuerda en ocasiones a vencedores morales como aquéllos, en Brasil sólo vale ganar. El equipo de los cinco dieces de 1970 (Pelé, Tostao, Gerson, Rivelino y Jairzinho), posiblemente el campeón más brillante de todos los tiempos, quedaba ya muy atrás para un país en el que

la victoria es un must. Dos décadas sin llegar a una final mundialista eran muchas. La derrota, como tantas otras veces, llevó a plantear un cambio de doctrina.

Así pues, si uno se para a pensar fríamente, hace ya muchos años que Brasil abandonó su célebre Jogo Bonito. Un lema que es un eslogan publicitario, pero no un estilo real.

Incluso el Brasil de 2002, que contaba con una delantera formada por Ronaldo, Rivaldo y Ronaldinho, priorizaba cerrar el candado con un sistema en el que figuraban tres centrales (Roque Junior, Edmílson y Lucio) y dos centrocampistas defensivos (Gilberto Silva y Kleberson). De facto, muchos hablan de la final de Yokohama como el día en que Brasil jugó como Alemania y Alemania jugó como Brasil.

También el Brasil de 1998, aunque su modelo nunca terminaría de cuajar, era un equipo talentoso, con laterales que eran casi extremos y con atacantes de tronío (además de Ronaldo y Rivaldo, mención especial para Denílson). Pero su derrota en Saint-Denis les hizo quedar en el olvido. En 2006, los supuestos cuatro magníficos (Kaka’, Ronaldinho, Adriano y Ronaldo) despertaron gran expectación, e incluso se llegó a insinuar que podrían superar el legado de los mitos del ‘70. Pero nada más lejos de la realidad. A la hora de la verdad, nunca mezclarían bien. En 2010, otra vez Dunga apostaría por la contención y mancillaría de nuevo a la clásica escuela brasileña. El resultado no sería mejor.

Así pues, cuando en las próximas horas estemos ante el televisor viendo a los David Luiz, Paulinho o Hulk en un sprint, actuando como estandartes de un equipo basado en el físico y que triunfa yendo al choque, recordaremos irremediablemente otras épocas. Tiempos en los que Brasil podía ganar o perder. Pero en los que molaba.

Albert Valor (@PLF_2008)

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